Historia

Historia

La Semana Santa es la tradición más indeleble de la ciudad de Cartagena. Para la inmensa mayoría de sus habitantes son las fechas de sentirse cartagenero por los cuatro costados, asistir a las Salves cantadas en las puertas de la iglesia de Santa María a las respectivas advocaciones de María que cierran la casi totalidad de los cortejos, entre emociones y ruido de cohetes y ver las procesiones en aquellos sitios de “toda la vida“ junto a los familiares, amigos y visitantes.

Hablar de Semana Santa en esta ciudad es poner sobre el tapete una historia de más de trescientos años. Hay que saber medir bien las palabras cuando nos referimos a ella; el poso que tiene en sus gentes es muy grande y en todos los rincones típicos del casco viejo se huele el aroma de las flores, se ve la luz de sus tronos y los niños “marcan el paso” por las esquinas.

Una de las agrupaciones más simpática y querida por el pueblo cartagenero es la de San Pedro Apóstol, quizás porque en ella se concentra la idiosincrasia de una ciudad castrense y marinera: la vinculación con la Armada Española a lo largo de siglos y la personalidad del Santo Pescador de Hombres, vinculada también a los hombres de la mar.

La Historia de la Agrupación de San Pedro gravita entre dos fechas cuya capital importancia es incuestionable: la fundación o primera salida del trono en la procesión del Miércoles Santo en 1755, y la creación de la Agrupación como tal en 1932. Muchos años, hasta nuestros días, que han hecho de los sampedristas un ejemplo para  procesionistas y cartageneros de amor y trabajo por este pueblo y su Semana Santa. 

El siglo XVIII representa el resurgir de Cartagena, -arrinconada centurias atrás por reyes y gobernantes-, con el empuje de la naciente monarquía borbónica a su puerto e instalaciones militares y defensivas. Bajo el reinado de Felipe V, el Excmo. Sr. D. José Patiño, Secretario de Despacho de Marina, emprende la organización de la Armada española; por Real Orden de 5 de diciembre de 1726 se crea el Departamento Marítimo de Levante con sede en Cartagena, siendo su primer Comandante General el Teniente General D. Miguel de Sada y Antillón (Conde de Clavijo). En 1731 se realizan las obras preliminares para la acometida de construir un arsenal  apropiado a las necesidades de la plaza y de su litoral, y tres años después es aprobado el proyecto del ingeniero Sebastián Feringán. Las necesidades de mano de obra convierten a la ciudad en centro de inmigración  para trabajadores procedentes del sur y zonas limítrofes. Otros factores, como el comercio marítimo, la construcción de naves en sus astilleros y la pesca, contribuyen también en gran medida a generar una buena cantidad de puestos de trabajo. Su población se multiplica hasta alcanzar la cifra de 6.500 vecinos a mediados de siglo. 

En este marco de reactivación económica y social de la ciudad se crea el 13 de junio de 1747 la Cofradía de Nuestro Padre Jesús en el Doloroso Paso del Prendimiento y Santo Celo del Bien de las Almas,-conocida popularmente por Cofradía California-, establecida canónicamente en la iglesia de Santa María de Gracia, y cuyos piadosos objetivos eran los siguientes : la redención de los pecadores mediante rondas nocturnas, que se realizaban todos los miércoles del año con faroles y campanillas, rezando y advirtiendo del peligro de morir en falta; recoger limosnas con las que sufragar entierros y  misas para personas y cofrades indigentes; procurar matrimoniar a amancebados y mujeres desamparadas, sacándolas de su estado, y organizar el Miércoles Santo de cada año, una procesión con la imagen de Cristo Prendido por las calles de la ciudad. El primer Hermano Mayor de la misma es Francisco Zabala, y los mayordomos principales, Francisco García Alvarez y Juan Sicilia.

A los tres años, 1750, los escribanos y curiales de la ciudad solicitaban el permiso a la Cofradía para procesionar a la Virgen del Primer Dolor, y un año después, 1751, los componentes del gremio de la construcción harían lo mismo con  San Juan Evangelista. En  menos de un lustro, la procesión del Miércoles Santo quedaba formada por tres pasos o tronos.

En este contexto procesionista faltaba, sin embargo, la presencia de otro protagonista, junto a

  María y el Evangelista, de la Pasión de Cristo: la figura de San Pedro. De todos es conocida la devoción de los hombres de la mar al Pescador de Galilea; en este rincón del Sureste, como en otros lugares costeros de la geografía hispana, su patronazgo y culto estaría, fuertemente arraigado en marinos, operarios y trabajadores del Real Arsenal de Cartagena, que ateniéndose a la mentalidad de la época, honrarían al Santo Patrón con la celebración de una procesión como muestra pública  de su  fervor. Es, por tanto, fácil de comprender la intención de los hombres del Arsenal de incluir a San Pedro en el ciclo procesionil del Miércoles Santo y formar parte de la  Cofradía California.

 

Con todo lo expuesto, en 1755, los Destajistas de Jarcias del Real Arsenal de Cartagena, solicitaban de los directivos californios permiso para procesionar al trono de San Pedro, junto al de San Juan, la Virgen Dolorosa y Cristo del Prendimiento, en la noche del Miércoles Santo, la cual suponemos le sería admitida. Por el único Libro de Actas conservado por la Cofradía de la época fundacional, sabemos los nombres de algunos mayordomos en este período: Francisco García Nevado, Joseph Ruiz y Julián Alcaraz. Pero, los destajistas no debieron atender satisfactoriamente el culto y devoción  al Titular, por lo que, siete años después, 1763, serían relevados de sus compromisos adquiridos  con la Cofradía, haciéndose cargo de los mismos el Servicio de Calafates del Arsenal. La solicitud, aprobada el 23 de marzo de 1763, por el Hermano Mayor, D. Juan Bautista Lamberto, Presbítero y Vicario de la ciudad, y el Comandante General del Arsenal, -cuyo nombre no han conservado los documentos-; es además la prueba definitoria del vínculo de la Armada con San Pedro desde los albores de su fundación. Son los nuevos mayordomos o encargados de sacar al Santo Pescador en procesión: Roque Ruiz (un personaje significativo por las veces que ostenta  el cargo solo o con otros compañeros) junto a  Pedro García, Ginés de Gea, Pedro Alvarez, Francisco Sierra, entre 1763 y 1778, Diego del Aguila y Joaquín López en 1780, Joaquín Egea y Pedro Cazorla en 1783, y Juan del Río y Fulgencio Ros en 1785.

No se conoce la fecha exacta, aunque ya en esta centuria hay referencias documentales, del Traslado de San Pedro el Martes Santo desde el Arsenal hasta la iglesia de Santa María de Gracia o Iglesia Mayor para participar, al día siguiente, en la procesión de los Californios, -apelativo popular de los cofrades del Prendimiento, consecuencia de que un grupo de vecinos, procedentes del Virreinato de Nueva España (California), entraran a formar parte de la hermandad, generalizándose el sobrenombre a todos sus miembros-; costumbre convertida en tradición a lo largo de todos estos años hasta nuestros días. El cortejo contaría con la colaboración de todos los Cuerpos de la Maestranza, de importantes donativos recogidos  entre operarios de Herrerías, Armeros, fábricas de Jarcias, Lonas, Veleros, Carretas de Astillero, Oficiales de Mar, de Galera, marineros y tripulaciones de buques del Arsenal, y  otras ayudas en materiales que pudiera necesitar, convirtiéndose el Apóstol en patrón de dicha institución en Cartagena.

El Martes Santo, titular y trono eran preparados por la mañana para, al atardecer, formar una comitiva de dos largas filas de operarios, provistos de cirios encendidos, vestidos con los trajes de gala de sus respectivos cuerpos de la Maestranza, junto a la banda de música y un piquete de Infantería de Marina, llevar a San Pedro a la iglesia Mayor. Este hecho debió de contar con el beneplácito de los jefes y oficiales del Arsenal, ya que sin él, difícilmente podría explicarse la participación de los maestrantes en el mantenimiento y cuidado del trono e imagen, y su salida desde dicho centro militar. Los calafates acompañaban, en estos primeros años, en la procesión del Miércoles Santo, en número no inferior a doscientos, a su Santo Patrón por las calles de Cartagena, causando el respeto y la devoción de los vecinos.

No hay ninguna referencia escultórica documental ni gráfica sobre la primitiva imagen fundacional de San Pedro, ni el autor de la misma, sustituida años después por una segunda talla, obra del discípulo de Francisco Salzillo, Roque López (1747–1811), autoría descubierta de forma casual, al desprenderse uno de los pies, -cuando era colocada la imagen en su peana-, en cuya planta llevaba  la firma del artista murciano. Era una imagen de devanaderas, es decir, de vestir; manto y túnica en raso galonado y terciopelo y corona de “aureola”, -que importó la cantidad de 126 reales-, pagada por la Cofradía en 1773.

La escultura de San Pedro, muy al gusto dieciochesco y acorde con las demás existentes en el cortejo pasionario del Miércoles Santo de los encarnados (color distintivo de la Cofradía California), era una obra llena de expresividad, acentuada por el gesto patético de su boca entreabierta, signo de la amargura por su negación al Maestro; un estado de profundo éxtasis en el que los ojos, desmesuradamente grandes, -rasgo éste peculiar del artista-, desempeñaban el papel principal. La cabeza elevada hacia el cielo, barba y el cabello rizado, la frente despejada con la habitual calvicie; su mano izquierda, cruzada sobre el pecho, mientras la derecha extendida, completaban la fisonomía del Santo, plenamente ajustada a la iconografía tradicional de la época. Tratábase por tanto, de una talla de interés en la obra de Roque López, quizás inspirada en el estilo expresivo de Nicolás Salzillo, padre de su maestro.

La efigie del Pescador saldría a la calle en los primeros años en un trono de aspecto sencillo, posiblemente una plataforma con una peana para la imagen y cuatro candelabros o hachas en sus cuatro ángulos; un adorno floral en derredor, completaba la visión plástica del conjunto. Éste se mantendría hasta 1898 en el que se dotaba de uno nuevo, al más puro estilo cartagenero, -dos cuerpos estructurales y ocho candelabros o “cartelas” de luz colocados cuatro en cada piso-, construido por el maestro carpintero Francisco Requena en los talleres del Arsenal.